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21 ene. 2015

Reseña: El vino de la soledad, de Irene Nemirovsky


Sinopsis

Descrita como la novela más personal y autobiográfica de Irène Némirovsky, El vino de la soledad, recrea el destino de una adinerada familia rusa refugiada en París, y describe la venganza de una joven contra su madre. Con una mirada inteligente y ácida, la novela sigue  a la pequeña Elena de los ocho años a la mayoría de edad, desde Ucrania hasta San Petersburgo, Finlandia y finalmente París, donde la familia se instala tras el estallido de la revolución rusa, en un recorrido paralelo al que realizó la propia Némirovsky. La madre de Elena, una mujer bella y frívola de origen noble, desprecia a su marido, un potentado judío, y a su hija. Cuando esta se convierte en una joven hermosa y descubre que atrae al amante de su madre, comprende que ha llegado el momento de vengarse.

Reseña 

“Le gustaban los libros y el estudio, como a otros el vino, porque ayuda a olvidar” (pág. 78)

Algunos libros no se leen, se catan. Se perciben con la vista del intelecto, se inhala el aroma de su lenguaje y se paladea el sabor que dejan en nuestra alma.

Lo primero, antes de comenzar esta degustación literaria, es encontrar un lugar apropiado, un lugar que nos permita evadirnos de cuanto nos rodea y centrarnos en la obra que tenemos entre manos. Tal vez arrellanados en un confortable sillón junto a la ventana, en un ambiente cálido y silencioso, en una tarde lluviosa.

En la primera fase, la visual, nos deleitamos con la viveza de las descripciones de ambientes y personajes, que la autora nos da a conocer desde un principio. Captamos ya, en ese primer encuentro, el brillo de su lenguaje; ágil, sereno, poderoso.
Pasamos a continuación a la fase olfativa e inhalamos los distintos aromas que emanan de la obra:

El primario; la historia de la familia Karol, una familia que no es sino la unión de los fragmentos que la componen: Bella Karol, de soltera Safronov, teme a la vejez más que a la propia muerte y busca detener el paso del tiempo buscándose amantes más jóvenes. Su marido, Boris, un judío “salido de la nada” (pág. 21) pero que es “quien alimenta y da techo” (pág. 22) a los padres de su mujer, finge no saber nada de los amores de su esposa y se refugia en el juego, ya el casino, ya la bolsa, y en la imperante necesidad de ganar dinero para satisfacer los caprichos de la madre de su hija. Esta, la pequeña Elena, observa con una mirada crítica e inteligente el mundo de los adultos, unos adultos mezquinos y egoístas que, en busca de su efímera felicidad, no dudan en destrozarle la infancia. Elena con una visión pesimista de la familia “En las familias solo hay codicia, mentiras e incomprensión mutua” (pág. 97) vuelca su amor, ese que no merecen sus padres, en su querida institutriz francesa, “no quería a nadie más en el mundo” (pág. 27).

Después viene el aroma secundario; con el que apreciar no solo la riqueza lingüística de la autora, sino también su habilidad narrativa. De la mano del narrador, acompañamos a la pequeña Elena en su recorrido físico desde su Ucrania natal hasta París, y en su recorrido  psíquico hacia la madurez y la venganza. A través de los pensamientos de los personajes que nos son mostrados, podemos juzgarlos y conocer mejor su psicología. Pero, sin duda, el personaje más logrado de todos es la pequeña protagonista, Elena, debido quizá a que no deja de ser el alter ego de la propia autora. Este aroma, nos deja también la fragancia de la buena literatura, esa escrita con el sentimiento, fraguada a base de emociones vividas y luego evocadas al pasar el tiempo, que nos golpea, hiere y despierta de nuestro letargo.
 Mención aparte merece el capítulo segundo de la primera parte. El juego de voces: pensamientos de la niña, la canción que entona en voz alta la propia niña, la discusión de los padres, las voces de la calle, que pone en movimiento la autora es, sin duda, uno de los momentos más logrados de toda la novela.

Llegamos al aroma terciario, con el cual comprobamos si la obra ha resistido bien el paso del tiempo. El veredicto es favorable. La novela, publicada en 1935, y que nos narra una historia acaecida durante la Primera Guerra Mundial, mantiene su vigencia, pues los conflictos humanos que subyacen son imperecederos.

Concluimos la cata con la fase gustativa. Una vez paladeado, apreciamos el dulce sabor de la venganza, la acidez del comportamiento de la protagonista con Max, el amante de su madre, y la amargura que nos produce conocer cuál fue el trágico destino de la autora.

Sin duda, un libro digno de los paladares más exigentes.

Reseña hecha por Rut