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21 jul. 2015

Reseña: El despertar de la señorita Prim de Natalia Sanmartin Fenollera


Sinopsis:

Atraída por un sugestivo anuncio, Prudencia Prim llega a San Ireneo de Arnois, un pequeño lugar lleno de encanto cuyos habitantes han decidido declarar la guerra a las influencias del mundo moderno. La señorita Prim ha sido contratada para organizar la biblioteca del Hombre del Sillón, un hombre inteligente, profundo y cultivado, pero sin pizca de delicadeza. Pese a las frecuentes batallas dialécticas con su jefe, poco a poco la bibliotecaria irá descubriendo el peculiar estilo de vida del lugar y los secretos de sus nada convencionales habitantes.

Narrado con ingenio, brillantez e inteligencia, El despertar de la señorita Prim nos sumerge en un inolvidable viaje en busca del paraíso perdido, de la fuerza de la razón y la belleza y de la profundidad que se esconde tras las pequeñas cosas. 

Reseña:

 Al iniciar el comentario crítico de esta novela, con el firme propósito de analizarla, buscar sus posibles influencias y tratar de determinar qué quiso decir la autora con ella (si es que quiso decir algo), casi puedo sentir la mirada reprobatoria de cuatro chiquillos a quienes se les ha indicado que “hacer eso con los libros es estropearlos”( pág. 108).

Si bien es cierto que quedarnos en el mero análisis formal de cualquier obra literaria difícilmente haría justicia al trabajo invertido en su realización, también lo es que este es necesario para su correcta comprensión. Digámoslo claro; aun cuando nuestros conocimientos de literatura sean rudimentarios, cualquier novela que leemos nos dice algo, pues rápidamente la relacionamos con algo que hemos leído, vivido o simplemente con nuestras ideas acerca de multitud de cuestiones. Son esas comparaciones inconscientes que hacemos las que en el fondo determinan que una obra nos guste o no.

A ese análisis inconsciente no es ajena esta novela, pues apenas una página después de su contundente afirmación, los niños nos hablan acerca  del método de enseñanza de su tío y tutor (por descontado son niños que “nunca han ido a la escuela” pág. 36, aunque a ese aspecto haremos referencia un poco más adelante): “En clase aprendemos partes de memoria y las decimos en voz alta. Y luego leemos los libros, los discutimos y después los volvemos a leer” (pág. 109)

¿Qué encontramos en esa frase?  En primer lugar una férrea defensa al método memorístico. Cierto, cierto, nada que objetar a potenciar la memoria, tan imprescindible en muchos aspectos de la vida, pero, ¿aprender fragmentos de memoria y recitarlos cual papagayos? (quizá sea necesaria una pequeña aclaración: los libros con los que estos niños, menores de doce años, trabajan son clásicos grecolatinos, es decir Virgilio…, de todo punto imposible que a esas edades se comprenda totalmente lo que se lee) En segundo lugar, y aquí nos detendremos un poco más, los niños y su tutor “discuten” sobre los libros. Perdón, pero, ¿no es eso similar a analizarlos? Al discutir sobre una obra, si la discusión está bien llevada, se acaba llegando a la causa que propicio su escritura, a las influencias que pudo tener su autor o al mensaje que la obra nos transmite.

En fin, en apenas una página encontramos una importante incoherencia en esta novela que, por otro lado, ha recibido muy buenas críticas.

Verdad es que, si nos atenemos a los aspectos formales: un narrador omnisciente focalizado en la protagonista (la señorita Prim), un buen manejo no solo del lenguaje sino también del tiempo narrativo, una sabia combinación de saberes económicos, literarios y, en general, culturales, la obra está a la altura de las excelentes críticas recibidas.
Nos falla, sin embargo, el contenido, el fondo de la novela. Al leerla no podemos menos que pensar en aquellas novelas de tesis tan de moda en el Realismo (siglo XIX), novelas en las que se trataba de demostrar una idea y a ese fin se subordinaban tanto el argumento como los personajes y el ambiente de la obra.

No hay que ser muy hábil para determinar cuáles son las ideas que aquí se nos quieren demostrar.
En primer lugar, hay una crítica feroz, casi diría hiriente, contra el sistema educativo reglado (o formal, o publico o…, bueno, llámenlo como más les apetezca). Nada más iniciar la lectura leemos: “la escuela era vista como un elemento subsidiario indeseable, pero necesario” (pág. 14) y más adelante: “lo que deseaba contratar San Ireneo para sus hijos era precisamente eso: una maestra sin pretensiones intelectuales” (pág. 128) Todo lo anterior aderezado con la comparativa entre la señorita Prim(típico producto de ese tipo de educación tan denostado en la novela), que “se consideraba a sí misma una mujer intensamente titulada”  (pág. 21), con los niños (“nosotros nunca hemos ido a la escuela”, pág. 36) en la cual la protagonista tiene todas las de perder.

En segundo lugar, no podemos dejar de mencionar la relación entre hombres y mujeres, ya que aquí la autora se desliza peligrosamente en los límites del machismo con afirmaciones como “el fin para el que había sido creada la señorita Prim, la razón última de su existencia, no era otra que el matrimonio” (pág. 59) La verdad, después de leer esto, sobra cualquier tipo de comentario.

Por último, pero quizá la idea más palpable de toda la novela, es la que hace referencia a la religión. Está claro que el llamado “Hombre del Sillón” ha de ser visto como alguien que ha llegado a la comprensión de la Verdad y que intenta transmitírsela a la señorita Prim (tampoco sería descabellado un análisis en el que se identificará al Hombre del Sillón como una especie de Mesias llamado a redimir a la humanidad representada en la figura de la protagonista)

En conclusión, no nos encontramos ante una novela inocente. Quien comulgue con las ideas de la autora apoyará su tesis (la vida moderna es mala porque nos ha hecho olvidarnos de los pequeños detalles) y lo encontrará un libro agradable de leer. Para el resto se nos antojará un pastiche ideológico, muy bien escrito, vale, pero pastiche.

Reseña hecha por Rut